El 30 de noviembre de 2022, OpenAI lanzó ChatGPT. En solo cinco días, un millón de personas estaban hablando con una máquina que respondía con fluidez y coherencia. Lo que hasta entonces era materia de ciencia ficción se convirtió en tema de sobremesa.
Ese lanzamiento cambió algo más profundo que la relación con el lenguaje: la percepción del límite entre lo humano y lo sintético. Si una máquina podía escribir como nosotros, ¿por qué no iba también a ver como nosotros?
Mientras tanto, herramientas como Midjourney, DALL·E 2 o Stable Diffusion empezaban a circular en entornos creativos. En 2022, la marca Heinz lo entendió con su campaña AI Ketchup, en la que pedían a un generador de imágenes que dibujara la palabra “kétchup”. Casi todas las imágenes mostraban un bote de Heinz. Poco después, el estudio Private Island lanzó Synthetic Summer, un anuncio de cerveza creado íntegramente con IA.
Campaña Heinz 2022
Pasados tres años, el ecosistema se ha llenado de plataformas que compiten por lograr el parecido absoluto con la realidad. En esa carrera, la imagen deja de representar y pasa a simular. Lo que antes era un recurso estético, hoy es un estándar técnico.
Cuanto más perfecta la imitación, más borrosa la frontera entre documento y simulacro. Ya no preguntamos “¿es real?”, sino “¿qué se siente real?”. Y esa diferencia redefine toda la cultura visual contemporánea.